Con más eslabones, ¿despegaría biogás en avicultura?

Con más eslabones, ¿despegaría biogás en avicultura?

Gallinaza en una granja avícola (Cindy Burgos Alvarado)

El evidente potencial de la gallinaza como fuente de calor y energía no termina de ser una realidad de economía circular para la avicultura. ¿Qué hace falta?

Uno de los contenidos temáticos más atractivos presentados hace una semana durante el 17 Encuentro Avícola del Pacífico, organizado en la ciudad colombiana de Cali por Fenavi Valle (occidente), tuvo que ver con los avances que en ese país se están dando para que la promesa energética de la gallinaza deje de ser un esquivo anhelo.

Pese a que hay varias experiencias mundiales en este sentido desde hace por lo menos 15 años, no deja de ser cierto y preocupante que de esas iniciativas muy pocas perviven operativas y rentables. La mayoría termina siendo costosos monumentos a muy buenas intenciones, levantados aquí y allá en cada continente.

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Mala adaptación de tecnologías foráneas y altos costos de instalación se unen al afán de rápidos retornos y a una cultura avícola todavía temerosa al cambio, a adentrarse en un rubro que se percibe ajeno. Temor que, por lo menos en Colombia, se aviva por el incumplimiento de promesas gubernamentales de alivios tributarios a los que no se accede con facilidad por marañas burocráticas.

Gracias a un esfuerzo coordinado desde la gremial avícola colombiana se viene trabajando, con interesantes resultados, por lo menos en superar las limitaciones que tienen que ver con las empresas. Hace un par de años, Fenavi y la Universidad de Antioquia suscribieron un convenio para superar los baches tecnológicos y saber qué hacer ante la vorágine de ofertas comerciales en reactores de biogás.

A esta misión se unieron empresas como Huevos Santa Rita, Emaús y Kakaraka. Hoy ya se cuenta con un valioso insumo en know how adaptado a las condiciones colombianas del que podrían beneficiarse otras firmas. Se sabe, por ejemplo, que el monosustrato es lo deseable por estandarización y eficiencia. Es decir, solo gallinaza “limpia”, por lo que la tecnificación en sistemas de baterías es imprescindible.

Luego está el destino de dicho recurso como fuente energética. Si las granjas necesitan cuatro veces más calor que electricidad, ¿por qué centrarse con el biogás surgido de la gallinaza en la generación de esta última y no en lo primero? Igual habrá una parte de la gallinaza para electricidad, ¿pero cómo puede hacerse mejor?

Aquí puede haber una oportunidad interesante de confluencia de necesidades. A menos que haya un gran descubrimiento, las reservas de gas natural en Colombia terminarán en 2025, cuando habrá que empezar a importar. ¿Por qué no involucrar entonces a las actuales proveedoras de este combustible?

¿Qué tal establecer convenios macro en los que, con apoyo estatal cierto y efectivo, dichas empresas compren la gallinaza, la procesen y vendan el biogás resultante en pipetas, ya que ese es su negocio? La adaptación tecnológica del gas natural al biogás no es muy complicada y evitará la total dependencia, por lo menos de las avícolas, a los combustibles fósiles.

¿Por qué no? No sería fácil, como ninguno de los retos superados por la avicultura comercial durante décadas. Con casos como el colombiano, esa flamita está encendida en tono esperanza.

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