¿Qué tanto importa pelearse con los mitos avícolas?

¿Qué tanto importa pelearse con los mitos avícolas?

(Peter Hermeling | Freeimages.com)

En la pasada VI Jornada Regional Avícola, en Quito, los falsos imaginarios que rodean la producción de pollo y huevo fueron temas recurrentes. Algunas reflexiones atrevidas al respecto.

Creo que luego del título de este comentario, es bueno hacer una suerte de confesión de fe. Estoy convencido de que no hay nada más peligroso para la sostenibilidad del negocio que un bien intencionado pero poco informado activista de lo que sea: bienestar animal, nutrición, medio ambiente, etc.

Y ese peligro se multiplica exponencialmente si ese activista tiene un amigo periodista y si estos dos tienen, a su vez, un amigo político, todos con las mismas características: buenos deseos, malas razones. Son la tormenta perfecta.

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También sé que es igual o más peligroso para la avicultura comercial un médico mal informado en nutrición que termina siendo tan prejuicioso como cualquier persona que cree saber —por lo que le han dicho— cómo se cría un pollo o cómo vive una ponedora.

Creo que se debe hacer todo lo posible por emitir los mensajes correctos y de la manera más efectiva para tratar de neutralizar esos peligros. Pero también sé que no importa lo que se haga, será una batalla desigual, llena de derrotas con escasas y luminosas victorias aquí o allá.

La gente termina creyendo lo que quiere creer, e incluso, a pesar de eso, toma decisiones que a primera vista parecen contradictorias. Si realmente creen que hay hormonas en el pollo y colesterol dañino en el huevo, ¿por qué su consumo aumenta en todas partes?

Al final, pienso que a nuestro consumidor le importa lo que funciona en términos de costo-beneficio, más allá de la información científica o la seudocientífica. Por lo menos aquí queremos seguir comiendo sabrosos y nutritivos huevos y pollos, no conceptos. ¿Valdrá la pena enredarnos demasiado con el tema?

Es una inquietud que me asaltó luego de escuchar a una eminencia como Nick Dale, que cerró su conferencia haciendo un llamado realista a evitar la frustración ante este fenómeno que, por lo menos en el caso de las hormonas en el pollo, tiene 80 años de paradójica buena salud; el mismo tiempo durante el cual la demanda de este alimento no ha parado de crecer.

Esa sensación se vio reforzada por la conferencia de María Dolores Fernández, del Centro de Información Nutricional de la Carne de Pollo (Cincap) argentino. Adelantó algunos resultados de una encuesta sobre mitos del pollo entre profesionales de la salud. De 249 consultados, 19% cree en las hormonas agregadas, otro tanto no tiene una opinión clara y el 53% sabe que no se usan.

Un avance leve frente a otras consultas hechas por la misma entidad, afiliada a la gremial de frigoríficos CEPA (Centro de Empresas Procesadoras Avícolas). Tras tanta erudición y claridad, esta semana me encontré con noticias en Bolivia desmintiendo una supuesta conexión de la carne de pollo con el síndrome de Guillain-Barré, y otra en España sobre una conspiración de envenenamiento global con plástico en el interior de cada cáscara de huevo (eran, cómo no, las buenas membranas testáceas).

Cortas una cabeza y al monstruo le salen otras tres o cuatro, o mil. Y no es mito.