Trabajadores avícolas, ¡más vitales que nunca!

Trabajadores avícolas, ¡más vitales que nunca!

(Roibo | BigStockPhoto.com)

La baja de personal infectado con COVID-19 parece no afectar todavía la operación de la agroindustria en Latinoamérica. Sin embargo, no hay que bajar la guardia.

En febrero se publicó una noticia en la India que tenía el potencial de asestarle un duro golpe al negocio avícola. Se corrió la voz en uno de los populosos estados de ese populoso país, mediante mensajes de WhatsApp, que el pollo procesado tenía la mentirosa “virtud” de ser vector del COVID-19.

El incendio provocado por esa noticia falsa no pasó de allí, pero alcanzó a tener la fuerza suficiente para cerrar algunas factorías por la caída de la demanda. No eran tiempos todavía de cuarentenas generales. Hasta el momento, no se conocen casos de infección relacionados con los alimentos y se consideran poco probables por el grado de especialización del virus con las células pulmonares y la porosidad natural de la comida, que disminuye la supervivencia del patógeno fuera del huésped.

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Sin embargo, el virus está afectando la operación avícola en otro sentido, vivido por ahora en grandes plantas de procesamiento de los Estados Unidos (aunque valga aclarar que la situación se presenta también en sitios de desposte y empacado de carne de cerdo y vacuna). Paradójicamente, se presenta dentro de un gremio que con orgullo y razón exhibe su compromiso con la bioseguridad, y en un sector considerado esencial en el marco de la vigente crisis sanitaria.

Estoy hablando de los brotes de COVID-19 en el personal de dichas instalaciones, algo que está dejando muy mal parada a la agroindustria cárnica en el gigante norteamericano. Ha quedado claro, luego de las investigaciones preliminares, que las condiciones laborales y el relajamiento de medidas de bioseguridad han causado estos contagios, cuyo impacto ya se ve en el abasto de los comercios y también en la operación de los frigoríficos y hasta de las propias granjas.

¡Los operarios se están enfermando y no es fácil reemplazarlos por su nivel de experticia, mucho más en la actual coyuntura! Parece ser que la bioseguridad, que con celo se observa para mantener la buena salud de las aves, no se sostiene con el mismo rigor en los sitios donde interactúan los trabajadores. Casa de herrero, azadón de palo. Afortunadamente, en América Latina no se han presentado (¿o no han trascendido?) brotes del mismo tipo.

¿Somos mejores en bioseguridad para los operarios? ¿No compartimos equipos e implementos, sin las debidas precauciones? O tal vez la respuesta esté en la evidente falta de monitoreo de nuestros precarios sistemas de salud para hacer pruebas y procesarlas rápidamente. ¿Quizás se deba a que están funcionando las medidas de aislamiento preventivo que adoptamos con prontitud?

No se sabe todavía. Ojalá esta tendencia se mantenga y sea por las razones deseadas; de todas maneras, nuestras reglamentaciones laborales son más estrictas y protectoras que las estadounidenses. El gremio avícola latinoamericano ha expresado un sincero interés en sus operarios y ha actuado en consecuencia. Es lo correcto y también es lo que pide el consumidor.

Entre otros temas consultados, por lo menos eso se deduce de un reciente estudio de opinión dado a conocer en Colombia, en el que “90% de los encuestados espera que las empresas se preocupen por la salud de sus trabajadores; 82% que haya flexibilidad laboral en horarios”. No se vería bien que en la región, la agroindustria estandarte en bioseguridad sea foco de lamentables infecciones.

La guardia debe seguir en alto y mucho más reforzada que antes.

Vea nuestra cobertura continua de la pandemia de COVID-19.

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