¿Qué tan cerca estamos de una economía circular avícola?

¿Qué tan cerca estamos de una economía circular avícola?

(dero2084 | Bigstockphoto.com)

Los llamados “desechos” de la avicultura comercial son todavía fuente de dolores de cabeza, pese a su potencial para generar soluciones en varios procesos de la agroindustria.

Unas 45 millones de toneladas de plumas y cerca de 400 millones de toneladas de gallinazas y pollinazas siguen causando líos al negocio avícola mundial, que todavía no logra reincorporar eficientemente la totalidad de tales subproductos a su cadena productiva.

Cada tanto se escucha de noticias positivamente agoreras, pero no se han logrado todavía soluciones de fácil aplicación, sostenibles económicamente y que entreguen claras ventajas para todos. Y eso no se da aún porque haya faltado interés o esfuerzo, no faltaba más.

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No pocas veces, las trabas vienen más bien de la norma legal (aunque es justo decir que la legislación también ha facilitado algunas soluciones), pero casi siempre el freno de mano está en que no existen hoy tecnologías que unan el efecto deseado con el precio adecuado.

Veamos cada caso. Se sabe hace décadas que la queratina de las plumas puede usarse para elaborar plásticos, lo que serviría mucho para aliviar la presión que padece la agroindustria en aspectos cruciales como empaques biodegradables para la comercialización y transporte de huevos y carne de pollo.

Sin embargo, ese plástico generado con plumas no cuenta con métodos que permitan emular la textura, maleabilidad y ductilbilidad que otorga el tradicional hecho con petróleo. Varias universidades en el mundo, incluso en América Latina, trabajan para dar con esa suerte de “piedra filosofal” avícola.

Mientras tanto, el destino de las plumas son los vertederos o la producción de harinas de baja calidad nutricional y poco gusto para animales de producción. En este punto, conectamos con las gallinazas y pollinazas, que hasta la fecha tienen dos alternativas de uso permitido y fomentado: materia prima para abonos orgánicos y como precursor energético de biogás.

La primera genera muy poco valor agregado y tiene escasa demanda. La segunda es más interesante, pues permite economías en los costos de producción y posibilidad de venta de excedentes eléctricos, mediando inversiones promedio de US$2 millones por cada megavatio instalado.

Eso está bien, más si tenemos en cuenta que los gobiernos otorgan beneficios tributarios para meterse en el reto de la optimización energética. Pero hay una posibilidad más rentable, con un gran potencial comercial que no se puede aprovechar, por ahora, “gracias” al atraso legislativo.

Las conversiones estándar hoy son, en pollo, de 1.7 kilos de concentrado para producir un kilo de carne. En huevo es de 120 gramos de alimento por 73 gramos de huevo. Eso significa que todavía un 40 por ciento de los nutrientes no se asimila y es excretado.

Ya existe la tecnología para secar gallinaza hasta dejar solamente los nutrientes no aprovechados, sin microbioma de ningún tipo, arrojando un inmejorable tipo de sal o complemento, que le encanta al ganado bovino y mejora su rendimiento.

Un temor sanitario a todas luces infundado, junto con prejuicios en el consumo, serían lo único que justificaría que la norma no permita popularizar este avance. No estaría de más presionar desde los gremios una revisión que permita armonizar la legislación con estos avances y cerrar así otro círculo en nuestro anhelo de economía circular.

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